A veces pienso que mi historia musical empezó antes de que yo pudiera recordarla. No en un lugar concreto, sino en esa vibración primera que te atraviesa cuando oyes un coro respirando al unísono, o cuando una guitarra se enciende en una habitación pequeña y hace que el aire cambie de forma. Ahí descubrí que la música no era solo un oficio: era un lugar al que volver.
Crecí entre voces. El canto coral me enseñó que la música no surge de uno mismo, sino del espacio que compartimos. Que el silencio puede ser más importante que la nota. Que una frase cantada por veinte personas es, en realidad, una conversación con la memoria.
Más tarde llegaron las guitarras. La electricidad, la crudeza, el impulso de subir a un escenario sin preguntarse demasiado por qué. Formé parte de un grupo que era más familia que banda, y de otro que me enseñó que el rock puede tener raíces profundas, colores cálidos y caminos que se bifurcan hacia lugares inesperados.
Con el tiempo, las historias se hicieron más grandes que las canciones. Empecé a componer para imágenes, para personajes, para emociones que no cabían en una sola melodía. La orquesta virtual abrió una ventana nueva: un mundo donde cada instrumento es un gesto, y cada gesto guarda una intención.
Y luego apareció Mia: una artista nacida de la tecnología, pero con una esencia sorprendentemente humana. Quizá porque lo que ponemos en estas voces digitales también somos nosotros: nuestras dudas, nuestras luces, las ganas de explorar territorios que todavía no existen del todo.
Sea un coro respirando, una guitarra buscando su armonía o una orquesta emergiendo en la oscuridad de la pantalla, mi camino ha sido siempre el mismo: imaginar emociones.
Me gusta pensar que cada proyecto no es una etapa distinta, sino una orilla del mismo río. Cambia el paisaje, pero el agua es la misma. Lo que compuse ayer me acompaña hoy de un modo distinto.
Nada de esto tendría sentido sin el refugio de los míos. Ellos son el silencio necesario para que la música nazca y el amor que me permite volver a la tierra cuando me pierdo entre partituras. Mi familia es mi acorde de tónica: el lugar donde siempre encuentro la paz.
Sigo buscando. Sigo aprendiendo. Sigo escuchando. No sé si algún día encontraré una definición definitiva de lo que hago, pero tal vez no haga falta. La música, al final, es movimiento: un viaje que no termina. Y yo solo intento estar a la altura del viaje.