Tras el dolor llega la esperanza. La ruptura con Driver 8 hizo que Juanlu y yo reaccionáramos. The Brass Buttons llegó así, como un impulso inevitable, como la sensación de que había canciones esperando a ser escritas antes incluso de que supiéramos tocarlas. Desde entonces supe que no sería un proyecto más, sino nuestro hogar musical.
Crecí entre guitarras de raíz, melodías amplias y esa luz que siempre proyectó el sonido de la costa oeste americana. Lo nuestro era —y sigue siendo— pop-rock de raíces, pero también una manera de mirar el mundo. Siempre dije que buscábamos la honestidad más que la perfección: la música como verdad, no como truco.
Con The Brass Buttons, todo eso se amplificó. Vivimos giras por España, festivales diversos y una lista interminable de kilómetros que nos enseñó a afinar más que los instrumentos: aprendimos a afinar la mirada. Tocamos en salas míticas dentro y fuera del país, incluida la legendaria The Cavern — Liverpool, un lugar donde uno siente que el tiempo tiene otra textura.
Hubo conciertos que se quedaron grabados en mi memoria, pero pocos tan especiales como el directo compartido con Adam Levy (The Honeydogs) en la Universidad de Cádiz. Aquel concierto terminó convirtiéndose en Live at the University of Cádiz (2019).
Los años trajeron discos, rutas y encuentros inesperados. Han cambiado muchas cosas, pero sigo sintiendo que The Brass Buttons es una historia viva. Una historia que me recuerda que la música no es un destino: es una manera de caminar.
Y así seguimos, preparando el próximo álbum: Last War Lullaby: A 10.000 Years Story (2026), nuestra relectura del universo de Adam Levy.